Páginas vistas en total

viernes, 22 de julio de 2016

El ojo del armario

EL OJO DEL ARMARIO


Hay un recuerdo de mi infancia que, todavía hoy, en alguna ocasión me viene a la memoria.       
En ese momento tenía aproximadamente la edad de ocho años. En casa vivíamos ocho personas; mis padres, mis tres hermanas, mi hermano, mi abuela y yo.
El piso era más bien pequeño, situado en un barrio modesto de Madrid, constaba de tres habitaciones, un salón pequeño, la cocina y el baño, un solo baño que era el principal causante de todos los atascos que había en casa.    
Un verdadero caos en muchos momentos, especialmente a primera hora, cuando todos nos disponíamos al aseo personal para partir cada uno a sus obligaciones; nosotros al colegio, mi padre a su trabajo, era cuando la abuela decidía entrar la primera y encerrarse para permanecer mirándose al espejo hasta que mi padre soltaba un par de improperios. Casi todos los días era la misma historia, la abuela, que no tenía nada que hacer en todo el día, era el origen de los atascos matinales.
            Por razones de espacio, yo dormía en la misma habitación que mi abuela. La llamaba el cuarto de los horrores.
            Justo enfrente de la puerta había un armario ropero, de madera, antiguo, como mi abuela, de estructura redondeada, con dos cajones en la zona baja y en la puerta, ocupando toda ella, un gran espejo enmarcado dejando unos pocos centímetros a los bordes de la puerta.
            Todos los días, cuando entraba en la habitación, una imagen me aterrorizaba. El espejo tenía un ojo, si un ojo, situado a una altura por encima de la mitad y un poco al lado derecho de la puerta.
             Ese ojo me observaba, me miraba cada vez que entraba en la habitación, cada vez que me acercaba a la puerta, cada vez que pasaba por delante de ella, incluso desde la puerta de entrada a casa, notaba que me miraba. Era una auténtica pesadilla, muchas noches me levantaba sobresaltado, angustiado, sudoroso y atemorizado.
             No quería comentar nada con mis padres, que algunas veces también se levantaban sobresaltados debido a mis pesadillas.
             Procuraba entrar a la habitación sin mirar al armario, y siempre procuraba dormir mirando a la pared, manía que todavía conservo. Todo lo hacía para no ver el ojo o, mejor dicho, para que él no me viera.
             Aún hoy, alguna noche vuelvo a soñar con el espejo, con el ojo que me mira.
             Cuando falleció mi abuela, mis padres cambiaron los muebles de la habitación para adecuarlos a mis hermanas que pasarían a ocuparla.
            Quizás fue una de las alegrías más grandes de mi vida, por fin se desprendieron del maldito armario, al causante de mis pesadillas, el portador del espejo con ojo. Pasó mucho tiempo hasta que pude olvidar, y no del todo, la imagen de aquel armario. Llegue a imaginar que había un espíritu maléfico dentro de él, que se llevaría mi alma una noche que estuviera dormido, que no estuviera atento en mi duermevela.
           Al cabo de unos años, cuando mi mente ya se consideraba mas adulta, cuando las fantasías van dejando paso a la vida real, descubrí que el dichoso ojo no era nada mas que una picadura que tenia el espejo por detrás, que el baño plateado que tienen los espejos en la parte trasera estaba siendo victima de la vejez e iba perdiendo consistencia.
           Se había formado como una pequeña tara, una picadura de forma redonda que simulaba perfectamente un ojo, con su iris, su pupila y su color negruzco que, con el tiempo, va aumentando de tamaño, y yo creía que estaba creciendo para adaptarse a mí, que lógicamente estaba en edad de desarrollo.
           Aquel fue el causante del peor miedo que yo he tenido de pequeño, de mi terror y de mis pesadillas; una picadura en el espejo.
           Cuando recuerdo los angustiosos momentos que este hecho me originó, no puedo evitar dibujar en mis labios una enorme sonrisa.
           Con el tiempo he comprendido la importancia de las fobias infantiles, que si no se corrigen pueden quedar grabadas para toda la vida y sinceramente creo que, si no hubiera sido tan introvertido, si hubiera comunicado mis temores a mi familia, no hubiera pasado tanto miedo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario