Vistas de página en total

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La ultima noche-Homenaje a mi hermana

             

         Escribir sobre la última noche es, de hecho, aceptar que después ya no hay nada más, ni noches, ni tan siquiera días, porque, después lo que viene es la noche eterna.
         No hace mucho tiempo, conviví la última noche con una persona muy querida, tanto por mí como por mucha gente, mi hermana Mercedes.
         Una persona que estuvo mucho tiempo agradeciendo cada amanecer, ya que, aunque no nos damos cuenta, cada día que amanece es un día mas en nuestra vida, un día que, hora tras hora, nos hace sentirnos vivos aunque en algunos momentos creamos que somos unos desdichados, que nuestra vida es un camino de problemas, siempre debemos pensar que todo,  en nuestra vida, es  importante relativamente, dependiendo del valor que nosotros le demos, de la motivación que tengamos, y que de ello dependerá la alegría o la tristeza que nosotros mismos somos capaces de soportar. Lo único que no es relativo es la última noche. Esa es real, después de ella ya no hay nada.
         En esa noche concreta a la que me refiero, pasaron por mi mente todos los buenos momentos que había pasado con esta persona, todos los buenos recuerdos que merecía revivir y, aunque no lo creamos, la mayoría de los malos momentos se olvidan porque los queremos olvidar y los olvidamos, si no del todo, lo suficiente para que dejen poco a poco sitio a los que nos hicieron realmente felices.
         Habíamos estado alguna que otra noche juntos,  y por supuesto, muchos días, normalmente desde primera hora de la mañana hasta el mediodía, momento en el que solía llegar mi hermana para hacerme el relevo y procurar no dejarla sola, no iba a ir a ningún sitio, era para hacerla compañía e intentar ayudarla en alguna de sus necesidades.
         Durante esos momentos, ya que fueron muchos los que pasamos juntos en aquel mastodóntico hospital, tuvimos muchas conversaciones, muchas diferencias de opiniones y, aunque parezca mentira, nos acercamos mucho más familiarmente. Charlábamos de muchas cosas nuestras, de nuestros hijos, de nuestros familiares y personalmente ahí tuve conocimiento de muchas cosas que, aunque eran parte de la historia de mi familia en general, las desconocía.
         Esos días, tuve ocasión de confirmar muchas facetas de mi hermana que ya, desde tiempo atrás, intuía. Facetas como la serenidad, la autoridad y la estabilidad y equilibrio que un día tras otro iba transmitiendo a sus hijos,  de manera increíble, y sin saberlo los demás, iba guiando a los suyos hacia un camino que ya estaría preparado para que no tuvieran demasiados tropiezos, y para que el día de mañana no se encontraran tan solos y perdidos.
         En esos días hablábamos de cualquier cosa, del tema más superficial o del más profundo, compartíamos lecturas y sobre todo pasatiempos. Había hasta momentos que lo pasábamos bien, increíblemente, y a veces, pese a la circunstancia que nos rodeaba, nos reíamos y disfrutábamos de alguna historia.
         Fue aquel fin de semana, el último, teníamos hecho ya el estudio de turnos de mis hermanos y yo para estar siempre alguien con ella cuando, mi hermana mayor, llamó a mi casa muy asustada. Había intentado hablar con ella en varias ocasiones, como todos los días y no fue posible. Pero lo que mas la atemorizó fue que no recibiera la llamada de vuelta, siendo varias veces las que había intentado la comunicación habiendo sido todas fallidas. Ese día era mi turno para hacerla compañía y mi hermana mayor decidió acompañarme ya que algo nos decía que la cosa no iba bien.
         La escena fue aterradora cuando llegamos. A partir de ese momento se puso todo al revés, todo giró vertiginosamente, todo se deshizo, cambió de rumbo y empezó a reinar la impotencia, la congoja, el desasosiego. Se abrieron de par en par los canales lagrimales y ya no se cerraron hasta hace poco tiempo.
         Pasaron pocos días, a cual peor, con esa impotencia tanto moral como medica que iba creciendo a pasos agigantados, ganando terreno en una carrera sin freno y desgraciadamente, sin retorno.
         Aquella última noche estuvimos tus dos hermanos mayores contigo Mercedes, a tu lado, sin dormir, sin descansar, sin dejarte ni un solo momento a solas. Intentamos dar el calor de la compañía, del amor sin parangón que te teníamos todos y del que eras gran merecedora. En una sola noche pasó por mi pensamiento prácticamente toda tu vida, tu lucha, tu temple para afrontar las dificultades, que fueron muchas y muy grandes en tu corta vida.
         Desde un noviazgo criticado con la persona que sería tu esposo y padre de tus hijos, al que profesabas un amor, a veces oculto, pero desmedido para que, más tarde, en un brutal accidente de tráfico,  que no tuviera que haber ocurrido,  si no fuera por el giro tan inesperado y desagradable que dio vuestra vida, tiempo atrás, te quedaste viuda, en una casa a medio terminar, con tres hijos muy pequeños, en un país extranjero, lejos de tu familia directa y en una situación complicada.
         Afortunadamente, allí a tu lado estaban unas de las personas más buenas del mundo, que afortunadamente, se desvivieron por ayudarte hasta lo imposible. Personas merecedoras de recibir lo mejor, como tu, el mejor premio que se pueda dar al comportamiento humano. Una de ellas, también nos dejó de este mundo después de una larga enfermedad que solo combatía con su tesón y firmeza. Seguro que está en el Cielo contigo y con su hermano Dilvo, el que fue tu esposo en este mundo.
         Nunca olvidaré la imagen de tus hijos, cuando su padre los dejó para ir al Cielo, eran entonces muy pequeños y todavía tardaron mucho tiempo en asimilar y ser conscientes de la situación que tenían que afrontar. Afortunadamente, estaban muy bien arropados, por ti, por una madre con un coraje realmente envidiable.
         Una vez más, y en lo  más precario de tu situación, demostraste que la gallina sigue arropando siempre a sus polluelos.
         Cuando tú te fuiste, Mercedes, tus hijos ya eran mayores, pero igualmente, no fueron conscientes de lo que iba a suceder.
         Todavía no he sido capaz de digerir esto, la experiencia mas fuerte y desagradable que tuve ese año, que para mi fue muy malo en muchos sentidos y aspectos, rematándolo con este desdichado acontecimiento.
         No creo que merecieras esto, ya habías tenido bastante en tu vida, bastantes tropiezos y acontecimiento para olvidar. Tus hijos, por supuesto, tampoco han merecido todos los avatares que han tenido que soportar por tanta desdicha. Son tres personas ejemplares y dignas de lo mejor por su comportamiento y cariño que han demostrado hasta hoy.
         Quizás, el Todopoderoso no ha estado muy acertado en esta ocasión. No entiendo porque a personas tan maravillosas como vosotros os tuvo que llamar cuando estabais en lo mejor de la lucha por la vida, dejando a tres niños sin padres en una adolescencia en la que necesitaban de muchos consejos y de muchas complicidades de los padres.
         Afortunadamente, y gracias a tu buen hacer en esta vida, hay personas que están velando continuamente por la educación y el equilibrio de tus hijos, personas que fueron grandes amigas tuyas de tu entera confianza y que están dando también todo el cariño que les es posible, ayudándolos en el difícil camino que tienen que recorrer.
         Todavía tengo un nudo en la garganta y te puedo asegurar que, según estoy avanzando estas líneas, se esta haciendo cada vez más tenso, pero esto te lo debía Mercedes, te debía este sencillo y sincero homenaje que dentro de mi humildad tenía que darte.
         Mi despedida ahora es la de siempre, aunque, ya hace un año que te fuiste.

Un beso “obrera”




domingo, 4 de mayo de 2014

Aquellos años de Circo



No pudo esperar mas, a pesar de sus sesenta y dos años, Jonathan decidió que tenía que volver a pisar un circo. Esta vez estaba claro que como espectador. Había llegado el circo a su localidad, lo habían instalado en el recinto ferial, un recinto polivalente, usado para fiestas, eventos, conciertos musicales y, todos los miércoles como mercadillo local. Desde su casa estuvo viendo, embelesado, como lo montaban. La llegada de los camiones, el ensamblaje de la pista y gradas, después la carpa, la distribución de las entradas y salidas... La gran caravana de camiones y roulottes que componían la comitiva que eran las residencias de los que trabajaban en él. Lo que se ha llamado siempre El Mayor Espectáculo del Mundo.
         Sentía su atracción, su llamada. Aquellos colores formando la carpa a rayas rojas y blancas. Aquel sonido de orquesta y el redoble de tambores cuando se lanzaban los trapecistas al vacío para que, en el último momento, unas manos amigas de otro compañero trapecista, situado boca abajo, lo sujetara para evitar su caída al vacío ante el pavor de todos los espectadores. Le atraían los funámbulos o equilibristas que cruzaban la pista central andando sobre un cable de acero en lo más alto del escenario.
         Jonathan recordaba también lo que el público no veía, todos los ensayos, la vida nómada, de ciudad en ciudad para que, cuando ya estaban perfectamente asentados y conocían un poco la localidad, tener que desmontarlo todo otra vez para trasladarse, a veces al pueblo de al lado y otras veces a otra ciudad quizás al otro extremo del país.
         Aquella vida le atrajo mucho, gracias a estos devaneos nómadas había conocido, en su juventud, la mayor parte del país y también a su actual esposa Ingrid, de origen eslavo de la que no pudo aguantar el flechazo que le produjo en el primer instante de conocerla.
         Jonathan había empezado en el circo con doce años. Su padre, Edgard trabajaba en el  espectáculo como lanzador de cuchillos. Era fantástico, jamás fallaba ningún lanzamiento. Para ello entrenaba cuatro horas, como mínimo, todos los días. Su ayudante, que hacía de blanco a evitar para sus lanzamientos fue su madre, Elizabeth, una preciosa mujer con un cuerpo escultural que ya, solo por su belleza, dejaba boquiabiertos a los espectadores.
         Un día Elizabeth, poco antes de comenzar la actuación se encontraba muy indispuesta, con fiebre e incapaz casi de mantenerse en pie, con lo que Edgard no sabía que hacer para no tener que suspender la función. Fue entonces cuando Jonathan se ofreció como voluntario a su padre para los lanzamientos.       
         Cada día, cuando terminaba las clases ayudaba a sus padres en los preparativos. Era todo un ritual ya que disponían de un profesor en el circo para enseñar a los niños que componían una parte importante del personal.
         Aquello fue un gran espectáculo. Por primera vez un niño de doce años se ponía delante de su padre para que este lanzara, con gran tino, un par de docenas o más de cuchillos.
         Nunca jamás pudo olvidar ese primer momento, esa adrenalina que subía y bajaba a cada lanzamiento. En cada movimiento de su padre se tensaba como una cuerda de guitarra, perfectamente preparado y atento por si tenía que esquivar algún lanzamiento, cosa que no hizo nunca falta. A los dos días, ya su madre restablecida, Jonathan no consintió en volver a cederle el puesto. Esto tuvo mucho éxito y su madre se encargó, a partir de entonces, de la presentación del espectáculo.
         Fueron unos años gloriosos. El Gran Circo Británico que así se llamaba cosechó muchos éxitos. Ya el número de los cuchillos fue superándose en dificultad, siendo siempre los últimos lanzamientos con cuchillos envueltos en fuego, momento en que apagaban las luces del circo, lo que hacía que los espectadores permanecieran en un silencio sepulcral.
         Con la llegada del año 1976 un aparatoso incendio devastó varios de los camiones donde estaban encerrados los animales que componían el espectáculo del domador de fieras. La paja que servía de aposento en el suelo de estos ardió como la pólvora y originó la muerte por asfixia de muchas fieras, quedando las demás dañadas.  Esto contribuyó a la decadencia del circo. Hubo muchos malos rumores y el público dejo de asistir a las exhibiciones.
         Dos años mas tarde y, ante la imposibilidad de poder mantener económicamente el circo, sus dueños, dos hermanos ingleses que habían puesto toda su ilusión y medios financieros en la empresa, se vieron abocados a cerrar el circo y despedir a todos los empleados.
         Fue una catástrofe, la mayoría del personal era como una gran familia en la que convivían todos sin prejuicio de color, nacionalidad, o ideas propias.
         Jonathan había colaborado en el lanzamiento de 110 000 cuchillos en los doce años que estuvo trabajando allí.
         Ya nunca volvió a ir a un circo. La gente que había conocido allí pronto se desperdigó perdiéndose el contacto de unos con otros. Aquello le afectó moralmente creando una gran depresión en su familia.
         Su vida buscó nuevos caminos.



        



sábado, 19 de abril de 2014

Aislamiento


Un susto militarizado



         Estábamos en los lavabos, limpiando, que era nuestra obligación, bueno eso nos decía la empresa, que nos pagaba para que lo hiciéramos.
         Sonia, mi compañera, y yo estábamos en la entrada de éstos cuando oímos un gran griterío, unos insultos y reproches mas altos de lo normal, y uno chillando que se sentaran, y después, tiros, disparos o como se quiera decir. Sonia me dijo:
         -Oye, esta vez si que discuten en serio, están a tiros y todo.
         Al momento entraron varias personas acompañadas de unos guardias, traían las caras desencajadas, estaban muy asustados, casi muertos de miedo. Unos eran periodistas y otros empleados, como nosotros. Todos murmuraban algo en voz baja, como escondiéndose. No se por que si después lo que hablan los periodistas se entera todo el mundo.
         Estos guardias y otros que llegaron nos encerraron dentro, no podíamos salir. Entre los que entraron hablaban de algo militar, que estaban a golpes o algo así. Al momento pensé que estábamos en guerra, otra vez, o esa otra guerra mundial que decían iba a comenzar pronto, o que nos invadían los franceses que siempre nos han tenido ganas.
         Un periodista le preguntó a uno de los guardias que pasaba, y este le contestó que se callara o si no le daba dos hostias.
         Eso nos puso a Sonia y a mí muy alterados. Ella se me abrazó y empezó a llorar. Yo la besé.  Con una sangre fría, que yo no sabia que tenía, me dije: «Ya tenia ganas de darle un beso». Me hice el machote y se aferró a mí como si la persiguiera la muerte. Pensé en la ocasión tan propicia, pero no era el momento, si nos bombardeaban ya me apañaría para ponerme encima de ella.
         Bueno, yo soy así, que le voy a hacer, Solo pienso en el sexo ¿y que ? ¿No es lo mejor que hay?
         Entraron mas guardias y cuchicheaban entre ellos, no sin antes meternos al fondo de los lavabos para que no oyéramos nada de lo que decían.
         Yo no se si alguna vez he estado mas asustado que ese día. La gente se puso muy nerviosa. A los periodistas les quitaron las cámaras y todos los aparatos de radio que llevaban y que algunos hablaban por ellos aunque poco. Decían algo de que los militares habían dado un golpe. ¿ Un golpe a quien? ¿ Y después le habían matado a tiros?. No entendía nada.
         Eso de la democracia que decían era peor de lo que yo creía, aunque no lo entendía bien, ya que nos decían que así mandábamos todos. Pensé que si en mi casa, en vez de mandar mi madre, mandáramos todos sería un desastre. Así que en un país entero, no quiero ni pensarlo.
         Estuvimos muchas horas así, todo el día prácticamente. Se rumoreaba que había tanques de guerra en Valencia y en otros sitios.
         Ya lo tenía claro, nos atacaban los extranjeros, los de fuera, habían desembarcado en Valencia e iban a conquistar España otra vez.
         Sonia solo hacia que agarrarse a mí, lo cual no me importaba nada, al contrario. Ya pensaba que si llegaba la noche y teníamos que morir intentaría aprovechar el momento, antes de irnos al otro mundo.
         Todos estábamos muy nerviosos, no nos dieron nada de comer y para beber lo hacíamos del lavabo.
         A última hora de la tarde entraron mas guardias y empezaron a registrar los lavabos. A través de una ventana situada encima de los servicios empezaron a salir algunos guardias hacia un patio interior . No se que buscaban allí, nunca había visto que hubiera nada ni nadie.
         No volvieron, se debieron de perder, mas tarde entro mas gente y nos dijo que saliéramos, que nos fuéramos a casa. La verdad es que podían haber esperado un poco mas, que ya tenía a Sonia medio convencida.
         Salimos en tropel a la calle, junto con mucha mas gente que había por todas partes. La calle estaba llena de  policías, de guardias, de periodistas, muchos coches de radio y televisión, en fin un espectáculo.
         Nos hicieron identificarnos y nos indicaron que nos fuéramos a casa. Unos guardias metían a otros en unos coches y autocares pequeños.
         La verdad es, que si cada vez que se tiene que reunir va a ser así, casi sería mejor el gobierno de antes, pensé. Por lo que me decían uno mandaba y los demás obedecían y callaban. Ahora si es que tienen que mandar todos al final se van a matar unos a otros.
         Cuando llegué a casa mis padres me recibieron llorando, pues todo el mundo estaba alborotado. Me hincharon a besos, me dieron de comer todo lo que quería y después me volvieron a hinchar a besos.
         Poco después me enteré de que  a aquel día lo llamaron el 23 F. Vaya nombre, que poco se han calentado la cabeza, no era tan difícil,era el 23 de Febrero. Lo demás no lo llegué a entender. La verdad es que la política no me va y lo único que recuerdo cuando lo vi en la tele es que el mas viejo de todos, uno con bigote se puso chulo y lo hicieron sentarse de un empujón.
         Lo que mas me gustó es que no nos habían invadido los franceses.
        

         Ismael Tomas
         24 Octubre 2013

Sin ganas



         El matrimonio funcionaba sin ningún estímulo. Hacía mucho tiempo que no hacían el amor. Dormían juntos en la misma cama pero Ana siempre tenía evasivas para Miguel a la hora de practicar sexo. Ya  habían perdido el interés. De vez en cuando, sobre todo cuando se quedaban una noche solos, cuando Raquel, su hija, salía con sus amigos, Miguel intentaba provocar el deseo a Ana. La acariciaba, la besaba efusivamente pero al poco, ella se volvía, le rechazaba, no se animaba en absoluto lo que producía a Miguel una profunda desazón. Este cada vez se animaba menos veces, así procuraba evitar el mal humor que esto le producía.        
         Ya solo hacían el amor cuando realizaban algún viaje. Las estancias en hoteles si animaban a veces a Ana. Miguel pensaba que este cambio podría ser producido al ejercicio físico realizado visitando las ciudades que recorrían y quizá por este motivo ella se sentía menos apática, mas activa emocionalmente.
         Cuando pasaba un largo tiempo sin hacer ningún viaje Ana ya volvía a estar totalmente inapetente. Miguel llego a pensar que pudiera haber otra persona en una relación oculta. No era normal esta situación.    
         Tampoco hablaban del tema, es mas, cuando coincidía en televisión alguna película con imágenes de actos sexuales evitaban verlo. Miguel le preguntaba de vez en cuando si tenía algún problema a lo que ella siempre decía que estaba bien, pero ese día no estaba animada. También le pregunto alguna vez si había otro hombre en su vida a lo que Ana contestó igualmente que no se preocupara, algunas veces ya enojada.
         Miguel tenía un gran desconcierto, pues veía que no podía desahogar sus instintos sexuales con ella pero tampoco quería buscar estímulos fuera de casa. Era muy fiel a su esposa y a su relación matrimonial. A su esposa no parecía importarle ese tema, decía que había perdido la libido.
         Era ya primavera del año 2010, el mes de Marzo cuando Ana se puso a dieta, una dieta de adelgazamiento que seguía con mucho tesón, quería estar escultural para el verano, quería lucir un tipazo digno de envidia. La verdad es que cada día estaba más guapa, sus curvas volvían loco a Miguel. A finales de Mayo, en otro intento de Miguel de hacer el amor y ante su nuevo rechazo Miguel montó en cólera. La amenazo con irse a algún burdel a desahogarse. Ana no sabía que responder y le prometió que ese fin de semana, el sábado por la noche, que Raquel iba a dormir a casa de una amiga le daría un premio especial.
         Esa semana Miguel estuvo de lo mas amable y ella también le correspondió con zalamerías. Llegó el sábado y Ana preparó una cena especial, con un vino seleccionado, velas, un postre especial a base de fresas con chocolate, pues según decía era muy afrodisíaco, después café y champán. Ana se insinuó a Miguel, se había vestido extremadamente sensual.
         Cuando entraron en la alcoba, Miguel estaba fuera de si, muy emocionado, tenía muchas ganas de ese momento. Ana se desnudó totalmente y empezó a desvestir a Miguel, le provocaba, le volvía loco con esas cosquillas sensuales que tanto le gustaban. Zalamera, le acariciaba, le tocaba, le provocaba. Miguel estaba fuera de sí, entregado totalmente, lo que aprovechó Ana para proponerle un juego que le tenía reservado. Con dos corbatas lo ató los pies a las patas de la cama, siguiendo con las cosquillas, acaricias y lametones hacia arriba, hacia el pecho, atando a continuación sus muñecas al cabecero con otras dos corbatas. Miguel estaba atado de pies y manos, desnudo, loco de placer y Ana encima de él, totalmente desnuda también, a horcajadas encima de su vientre, disfrutando de esa penetración que les extasiaba a los dos; pero algo iba a cambiar el rumbo de ese momento de placer.     
       Repentinamente se abrió la puerta de la habitación y entró otro hombre, alto, fuerte, cultivado en el gimnasio con una musculatura envidiable y también desnudo. En un momento empezó a acariciar a Ana por detrás a lo que esta se volvía para besarle efusivamente. Miguel, aterrorizado trató de soltarse de sus ligaduras paro ya era demasiado tarde, había sido cazado, era la presa de su esposa Ana y del otro hombre que le miraba con una amplia sonrisa dibujada en su cara. En ese momento, Ana, con una pícara sonrisa y enviándole un beso a través de sus sensuales labios puso la almohada encima de la cara de Miguel haciendo gran presión con ella, ahogándole, estando penetrada todavía por él. Miguel se retorcía desesperado, lo que producía en Ana mas placer todavía, hasta quedar totalmente asfixiado. 
     Miguel había perecido en manos de Ana, del cuerpo que mas había deseado durante mucho tiempo y del que pudo disfrutar en su último momento de su vida.

El Laberinto



           Había llegado a Madrid, estaba de vacaciones y decidí hacer un poco de turismo. Cerca del hotel, me dijeron que había un parque muy bonito llamado “Los Jardines del Encuentro”. Fui a verlo, efectivamente, es un parque pequeño pero muy bonito. Esta situado en la carretera que va desde Madrid a Barajas, detrás de un camping.
Es precioso, tiene un lago pequeño, con sus patos, tortugas y un sinfín de caminos de lo más románticos, con una plaza en el centro, adornada con estatuas y jardines de una belleza espectacular. De hecho había unos novios haciéndose fotos allí.
Es el único parque en el que he visto un laberinto original de setos, como los de las películas de terror. Creo que estaba hecho de arizónicas o algo similar. No entiendo de plantas, pero era espectacular.
Estaba en un alto del que se divisaba todo el conjunto. Era espectacular, redondo, muy grande, con una especie de plaza en el centro y, observándolo vi que había un hombre, quieto, parecía una estatua pero era un hombre real. Estaba en todo el centro de la plaza. Me miraba, le hice un saludo pero no me respondió. Me dio la sensación de que no podía moverse.
Me intrigaba, llevaba un rato observándolo y no se había movido nada. Solo hace que mirarme. Parecía que quería decirme algo con la mirada.
Al fin me decidí a bajar y entrar en el laberinto. Era perfecto, como un paseo otoñal lleno de calles. Dentro de él no era fácil orientarse. Había hecho un esquema de la forma del mismo desde arriba por lo que empezó a preocuparme que no pudiera orientarme. Empecé a creer que estaba perdido. Después de muchas vueltas llegué a mi objetivo, ese hombre inmóvil. Me miraba fijamente
Al verme me hablo muy bajito, apenas podía mover los labios,  pidiéndome que le ayudara, que se había perdido y en consecuencia se había quedado inmóvil del miedo. Llevaba dos días enteros allí, me susurró
Esto me asustó, quizás me haya perdido yo también, pensé. Me había costado mucho llegar al centro.
Empezó a moverse y le acompañé a buscar la salida, empezando a recorrer calles, a derecha, a izquierda, en todos los sentidos.
A las tres horas estábamos en el mismo sitio, lo había marcado, habíamos pasado al menos veinte veces por el mismo lugar.
Empecé a tener pánico, me puse muy nervioso, sentía que no podía apenas moverme, que me estaba quedándome inmóvil, como él.
         Llegó la noche, después el día. Estaba muerto de miedo y él a mi lado.
         Petrificado junto a él, en medio del laberinto, podía ver, al fondo, una preciosa mujer que nos miraba y que nos saludaba desde el mismo alto que yo había estado.
         Quisimos decirle que no bajara pero no pudimos.



viernes, 18 de abril de 2014

La avería


      Daniel, era un vagabundo que siempre merodeaba por el barrio viejo de Leganés, al que casi todos los vecinos conocían  y respetaban. Hombre amable, simpático, charlatán, y muy respetuoso con los demás. En su vida había mil y una historias pero, que dada su condición, nadie se paraba a escucharlas.
      Daniel no pedía limosna, no pedía nada, el decía que simplemente la buena voluntad de la gente que pasaba a su lado le mantenía con vida y lo que es mejor, con ganas de vivir. Algunas personas le daban alguna moneda, otras, en rara ocasión le obsequiaban con algo de comida. le gustaba mirar a los ojos a quien le daba algo pues decía que así podía ver su alma y si este accedía, cosa que ocurría muy pocas veces le contaba alguna pequeña historia , alguna batallita de su juventud. Siempre acaba las historias aludiendo a un momento determinado en su vida, un momento concreto que no quería contar.
      Muchas personas le conocían ya que llevaba muchos años en la misma zona y de hecho había gente que se había encariñado con él. Ese fue el caso de Juan, el ferretero de la esquina, al lado de donde habitualmente se ponía Daniel muy a menudo.
     Un domingo, Juan fué a su ferretería a recoger un encargo que le hizo una vecina el dia anterior y que había olvidado. Al verle, Daniel le preguntó si también iba a trabajar en Domingo, a lo que el ferretero le contestó que no, que simplemente iba a recoger un encargo. Como tenía mucho tiempo libre, le dijo a Daniel que  le contase esa historia, que tantas veces había querido oír, pero que este no se atrevía. Tras una breve pausa, y después de pensarlo una rato, le contestó que se alegraba mucho de que se lo hubiera pedido, hacia tiempo que  el quería contárselo a alguien, pero “tenia que ser una persona de confianza"
     La historia era escalofriante, era propia de un verdadero demente. Daniel le contó que, desde joven, era medio hombre y medio robot, sobre todo la parte de la cabeza, decía que tenia un mecanismo artificial para pensar.
     Recordaba que tenía una casa donde vivía muy holgadamente, que además tenía una pequeña fortuna invertida en bancos y una pequeña casa de campo al pie de la montaña, donde iba muchos fines de semana.
     Todo esto lo recordaba ahora vagamente, ya que cuando tenía cuarenta y dos años una nave espacial lo raptó, o como se dice ahora, lo abdujo. Le tuvieron secuestrado en la nave y le hicieron muchas pruebas durante las cuales estuvo sin sentido. Esto averió la parte de robot que tenía en la cabeza, quizá debido a los campos magnéticos  o a los rayos y fuerzas eléctricas a que le habían sometido.
     Esta avería le produjo un lavado de cerebro que le hizo olvidar todo lo que sabia, olvidó donde vivía, donde estaba la casa de campo, prácticamente todo, e incluso olvidó su propia identidad, no sabiendo ni quien era.
     Esto último lo pudo subsanar cuando un día la policía le pidió el documento de identidad y claro, no lo tenía. Lo llevaron a la comisaría y allí, tras un arduo esfuerzo consiguieron identificarlo, pero sin llegar a saber donde vivía.
     Siempre pensó que algo se había dejado o le habían quitado en la nave, ya que no recordaba prácticamente nada de su pasado. Esperaba que en algún momento regresaran  para llevarle de nuevo y repararle la avería del cerebro, su parte de robot, para así poder volver a su estado anterior.
     Juan, lógicamente le miraba confuso, amagando una risa irónica y haciendo como que le entendía, pues en el fondo le tenía cierto cariño. Cuando Daniel terminó su historia, Juan se dispuso a marcharse cerrando la ferretería. Se despidieron con una promesa firme, que el ferretero no  contaría nunca a nadie lo que había escuchado, y que por supuesto le guardaría el secreto.
     Al despedirse, Juan advirtió en la parte trasera del pelo del vagabundo, una gran marca, parecida a una cicatriz, dejaba ver una  pequeña pieza metálica en la cabeza. Quedó atónito, era cierto,pudiera ser que tuviera parte del cerebro artificial, como un robot.
     Curiosamente ya no volvieron a verse, siempre quedó la duda de si sería verdad la historia que le había contado o si realmente estaba loco, como creyó desde el principio.