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sábado, 19 de abril de 2014

El Laberinto

EL LABERINTO

           Había llegado a Madrid, estaba de vacaciones y decidí hacer un poco de turismo. Cerca del hotel, me dijeron que había un parque muy bonito llamado “Los Jardines del Encuentro”. Fui a verlo, efectivamente, es un parque pequeño pero muy bonito. Esta situado en la carretera que va desde Madrid a Barajas, detrás de un camping.
Es precioso, tiene un lago pequeño, con sus patos, tortugas y un sinfín de caminos de lo más románticos, con una plaza en el centro, adornada con estatuas y jardines de una belleza espectacular. De hecho había unos novios haciéndose fotos allí.
Es el único parque en el que he visto un laberinto original de setos, como los de las películas de terror. Creo que estaba hecho de arizónicas o algo similar. No entiendo de plantas, pero era espectacular.
Estaba en un alto del que se divisaba todo el conjunto. Era espectacular, redondo, muy grande, con una especie de plaza en el centro y, observándolo vi que había un hombre, quieto, parecía una estatua pero era un hombre real. Estaba en todo el centro de la plaza. Me miraba, le hice un saludo pero no me respondió. Me dio la sensación de que no podía moverse.
Me intrigaba, llevaba un rato observándolo y no se había movido nada. Solo hace que mirarme. Parecía que quería decirme algo con la mirada.
Al fin me decidí a bajar y entrar en el laberinto. Era perfecto, como un paseo otoñal lleno de calles. Dentro de él no era fácil orientarse. Había hecho un esquema de la forma del mismo desde arriba por lo que empezó a preocuparme que no pudiera orientarme. Empecé a creer que estaba perdido. Después de muchas vueltas llegué a mi objetivo, ese hombre inmóvil. Me miraba fijamente
Al verme me hablo muy bajito, apenas podía mover los labios,  pidiéndome que le ayudara, que se había perdido y en consecuencia se había quedado inmóvil del miedo. Llevaba dos días enteros allí, me susurró
Esto me asustó, quizás me haya perdido yo también, pensé. Me había costado mucho llegar al centro.
Empezó a moverse y le acompañé a buscar la salida, empezando a recorrer calles, a derecha, a izquierda, en todos los sentidos.
A las tres horas estábamos en el mismo sitio, lo había marcado, habíamos pasado al menos veinte veces por el mismo lugar.
Empecé a tener pánico, me puse muy nervioso, sentía que no podía apenas moverme, que me estaba quedándome inmóvil, como él.
         Llegó la noche, después el día. Estaba muerto de miedo y él a mi lado.
         Petrificado junto a él, en medio del laberinto, podía ver, al fondo, una preciosa mujer que nos miraba y que nos saludaba desde el mismo alto que yo había estado.
         Quisimos decirle que no bajara pero no pudimos.



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